Nuevo álbum de Valle de Muñecas, “El Final de las Primaveras” (Scatter Records, 2015)

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Un sobresalto, un romance, una primavera: la efervescencia puede durar más o menos, pero jamás se perpetúa. Termina, irreparablemente. Si no, perdería su magia. Es un chispazo que encandila como si nada. Y se apaga, ya no como si nada. Porque siempre hay un día después. Y siempre se añora lo que se fue. En ese momento, cuando la vida vuelve a ser llana, se devela entonces lo valioso: un disco como remedio. O un puñado de canciones que fortalecen los latidos.

El final de las primaveras es uno de esos discos. Tiene el capital simbólico –o más bien melódico– de tocar esa fibra emocional. Un álbum de postales perfectas, de recuerdos preciados y paisajes cercanos. Un álbum que acompaña. Un álbum para salir de casa y escuchar todas las veces que sea necesario. Porque las nuevas canciones de Valle de Muñecas no se agotan. Antes que hits instantáneos, son instantáneas de un hito. Se suceden como torbellino que llega del corazón.

“Las espadas del sol”, el tema que abre, es algo más que una metáfora precisa y preciosa. Es un faro en la oscuridad: voces que titilan en aumento y arpegios de guitarra que llegan incansablemente a buen puerto. “Una hoja en blanco”, el tema que sigue, acelera el pulso y aprieta las palabras. Años de formación punk sirven para esto: decirlo todo sin traicionar la melodía y sin perder la contundencia. Enseguida salta a la luz el trabajo de ensamble del grupo. Hay una combustión natural. Y hay, a la vez, una búsqueda detallista. Manza: “Muchas ideas surgieron en la sala de ensayo. Tenemos un método mixto a la hora de grabar: la base y mi guitarra son grabadas en vivo, mientras que la guitarra de Fernando, que es la que más se beneficia con un trabajo de laboratorio, se hace luego, más minuciosamente”.

“1000 Kilómetros” y “Reinvención” se cimientan sobre bases arrebatadoras, de esas que comulgan bajos punzantes con baterías combativas, de golpes concentrados y cortes determinantes. Las guitarras, por su parte, destellan con cada rasgueo y pincelan distintos matices, del shoegaze al jangle pop, como se aprecia en “Insomnio” y “Esta vez”. Manza: “En esos temas, así como en el solo de ‘A un lado’ y en algún otro lugar del disco, está esa marea de guitarras que remite un poco a My Bloody Valentine. También hubo mucho trabajo con las baterías: queríamos que hubiera distintos sonidos a lo largo del disco, ya desde la afinación del instrumento. Creo que el bajo es lo que menos cambia, y eso le da una solidez y consistencia a todo el trabajo”.

Hace rato que Valle de Muñecas dio con su fórmula. Y selló, así, su impronta en el indie rock. Pero eso no quita que, disco a disco, exploren otros caminos al momento de armar y pulir sus canciones. En lo compositivo, hay un tema firmado por Lulo (batería), otro tema trabajado a partir de un riff de Mariano (bajo) y algunas letras coescritas por Nicolás Domínguez Bedini. En lo sonoro, la apuesta se amplía aún más, del manejo de cámaras al juego de pasajes sorpresivos (como se escucha en “Insomnio” o, más precisamente, en “El final de las primaveras”, tal vez lo más psicodélico que hayan hecho). Cambiar el ángulo por donde viaja el sonido. O montar una versión actual de la wall of sound de Phil Spector. Esas cosas quiso hacer Manza, que una vez más se desdobló para operar desde la consola (a propósito: hace poco fue reconocido con un Premio Konex, por su labor en la producción artística). A saber: “El cierre de ‘Insomnio’ es un cambio de perspectiva; como si estuvieras viendo a la banda de frente y, de pronto, pasaras a escucharla desde otro lugar; o como en el cine, cuando hay un cambio de cámara. ‘El final de las primaveras’ era una canción chiquita a la cual un día le creció un final. Nunca habíamos hecho algo así y fue divertido. En ese tema, y varios más, la batería está grabada casi con un solo micrófono. También buscamos diferentes sonidos para la voz: hay un eco que permanece, en mayor o menor medida, pero no siempre se trata de un efecto digital… ¡A veces es un micrófono viejo que suena así!”.

Pasaron casi dos años desde que comenzaron a barajar ideas en la sala. Pero eso es lo de menos: Valle de Muñecas no corre detrás de nada ni nadie. No pasan –ni estuvieron– de moda (siguen en pie cuando llega el día después). Y saben que sus logros sólo dependen de ellos mismos. Por eso no importan tanto sus influencias (“Este disco suena un poco a todo lo que escuchamos, pero más que nada suena a nosotros, que ya hemos filtrado y procesado toda esa información”, dicen). Por eso hicieron un disco como El final de las primaveras, donde sus bases sanguíneas y sus guitarras radiantes se enlazan mejor que nunca, donde sus melodías quebradizas se hacen inquebrantables. [Texto de Santiago Delucchi para Scatter Records]

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LAS CANCIONES:
1. Las espadas del sol (3:27)
2. Una hoja en blanco (2:15)
3. 1000 kilómetros (3:42)
4. La cosas perdidas (4:40)
5. Esta vez (3:00)
6. A un lado (3:19)
7. La llave de los días mejores (3:17)
8. Insomnio (3:40)
9. La cura y el dolor (3:21)
10. Reinvención (3:25)
11. El final de las primaveras (4:59)

VALLE DE MUÑECAS:
Fernando Blanco: guitarra
Luciano Esain: batería y coros
Mariano López Gringauz: bajo
Mariano “Manza” Esain: voz y guitarra